Anonima Geek

Anónima, Geek y, para colmo, emprendedora… tengo todas las papeletas para salir mal parada.

Lo que no te cuentan del maltrato

Denunciar la violencia de género está bien, está muy bien. Lo que no te cuentan en los medios de comunicación ni en los anuncios es lo difícil que resulta demostrar que el maltrato psicológico que, está tipificado, es violencia de género. ¿Dónde están los límites?

El primer problema que me he encontrado esta mañana ha sido ganar la credibilidad del señor Teniente de la guardia civil. No sé por qué, a lo largo y ancho de todos los episodios sufridos de maltrato de mi vida, siempre me encuentro con la misma respuesta cuando la autoridad a la que debo referirme es un hombre y, además, mayor: ‘algo habrás tenido que hacer tú’. Vale, en este caso digamos que fue un comentario desafortunado por parte de un bruto que probablemente no tenga hijas (o eso espero) de las que preocuparse. Pero, ¿te haces una idea de cómo sienta?

Después de fliparlo un poco y repetir una y otra vez que quería poner una denuncia por acoso a una ex-pareja y que no estaba dispuesta a declarar hasta que viniera un abogado y que no iba a salir de allí hasta que me pusieran protección, acabó dándome tal ataque de ansiedad ante la negativa del señor teniente a darle importancia al asunto que a punto estuve de salir huyendo. El tío se sintió tan mal que tuvo que llamar a una psicóloga especializada para que hablara conmigo. A ella le conté el caso y ella le explicó que, efectivamente, tenía que venir un abogado de oficio para ayudarme a testificar y que la denuncia fuera efectiva.

Y mientras tanto, el señor Teniente decidió buscar en su base de datos los datos del tal Lucifer. Cuando abrió el archivo se le pusieron los ojos como dos platos, se le cayeron las gafas del asombro y la barbilla le dio contra la mesa.

‘Este tío es peligroso’, me dijo, ‘tiene muchos antecedentes en su ficha’.

Yo no salía de mi estupefacción. Levanté una ceja y le miré muy seriamente.

‘¿A que ahora sí que me crees?’

Empezó a recoger datos y esperamos y esperamos y esperamos durante horas. El hombre, que no sabía qué hacer conmigo solicitó ayuda al CEAS y pidió que una trabajadora social me acompañara. Ella vino desde tres pueblos más allá y como llegó antes que el abogado se entretuvo en hacerme contar mi historia. ¿Cuántas veces tengo que repetir en voz alta todas las palabras que Lucifer usó para referirse a mí? ¿cuántas veces tengo que narrar una y otra vez lo estúpida que he sido dejándome engañar y coaccionar y manipular por ese tío? ¿cuántas veces tengo que explicar que no fue mi intención caer en la trampa, que él no era así cuando le conocí? En fin… humillante. Pero aguanté, había que llegar al final de la denuncia.

Cuando vino el abogado me tocó repetir la historia otra vez. Y no sólo una, sino cientos. Cada párrafo una y otra vez, repetido una tras otra… porque allí el Teniente entendía una cosa, la trabajadora social opinaba lo que le parecía y el abogado hilaba la historia como podía… y yo me desesperaba. Y me desesperaba… y se lo tomaban todo a broma… y me subía la ansiedad… y no por el miedo, que es importante, sino que lo peor es que en medio de todo el asunto me sentía como el personaje de una comedia en la que todo el mundo parecía divertirse, vaya, como si fuera una tronista de ‘Hombres, Mujeres y Viceversa’. Me resultaba todo tan ridículo que me daba la risa. Y luego me daba la incredulidad y resoplaba.

Cuatro horas después, el Teniente consiguió imprimir la declaración y armada con un bolígrafo corregí todo lo que se habían inventado y rellené los formularios pertinentes. Después quedé con el abogado para tomar un café y nos fuimos a comer a un restaurante. Qué majo, se estiró el tío…

Durante la comida hablamos de muchas cosas, me dijo que no daba los 29 ni de coña, que parecía una niña con mis trenzas y sin maquillar, que tenía carita de buena y que parecía que no había roto un plato nunca. Luego le pregunté por la efectividad de la denuncia y ahí fue cuando más alucinada me quedé.

Resulta que para que una denuncia por violencia basada en el maltrato psicológico sea efectiva no basta con que tengas miedo, resulta que hay que demostrarlo. ¿Y cómo se demuestra? Me mandó a urgencias a pedir ansiolíticos para poder dormir alegando que había puesto una denuncia y que tenía pánico y que no podía conciliar el sueño. Me ha mandado is mañana a una psicóloga oficial nombrada por el estado específicamente para tratar estos casos a la que tengo que contarle la historia hasta llorar, que es lo que interesa, que me rompa allí y llore para que una voz oficial declare que, efectivamente, estoy sufriendo malos tratos psicológicos.

Y mientras tanto, he tenido que llamar a los testigos para aclararles lo que tienen que decir exactamente cuando los llamen a declarar según indicaciones de mi abogado para que no metan la pata y la denuncia resulte más efectiva. Y tengo que poner al corriente a mi psicoterapeuta, porque se supone que el denunciado sabe que estoy yendo por Trastorno de Personalidad Límite y necesito que ella declare que ya me avisó de que sufría de un cuadro de malos tratos desde diciembre.

Así que tú sufres… pero no basta con sufrir. Además de sufrir, hay que demostrar que el sufrimiento es cierto y para eso necesitas tener sangre fría suficiente como para montar un circo que puntúe a nivel burocrático.

Y mientras te ayudan a interpretar el papel de víctima desquiciada, el malo está por ahí, en alguna parte, en busca y captura. Y sigue mandándote mails amenazando con ir a tu casa. ¿Y a quién le cuentas la historia? ¿a una familia trastornada que nunca ha querido escucharte? ¿a un borracho en un bar?

Lo peor de todo es como te sientes. En medio de la vorágine a mi me da vértigo. Me da pánico, por un lado volver a encontrarme con él de frente y no saber encarar la situación, por otro que desestimen el caso y quede en libertad y entonces decida vengarse, y por otro que lo manden a la cárcel y que se pasen la vida acusándome de arruinar una vida. Me da vergüenza que la gente sepa que me dejé engañar de esa manera por una persona tan malvada, me da miedo que me afecte al trabajo, que se presente en el bar y mi jefa tenga que echarme por provocar conflictos. Me aterra la idea de suspender las prácticas, de no poder volver a salir de casa, de que me llame su familia… son tantas cosas.

Y se me revuelve el estómago. Porque por un lado le quería, pero por otro me ha hecho tanto daño… y las cosas buenas se mezclan con las malas. Mi abogado dice que eso es normal, que es un sentimiento típico de las víctimas de violencia de maltrato y que por eso tengo que ir a ver a la psicóloga.

Es terriblemente surrealista. Me da miedo que no me crean, me da miedo que me crean, me da miedo que lo manden a la cárcel, me da miedo que lo dejen suelto. Y entre tanto me pregunto si realmente alguien en el mundo se creerá mi historia o sabrá lo confusa y asustada que me siento.

Ahora sé que las víctimas de violencia no denuncian por vergüenza y por miedo, porque resulta que el sentimiento que te dan es ese: de ridículo, de surrealismo, de falsedad. Cuando lo que tienes dentro es tan real que te impide caminar por la calle sin andar buscando en cualquier recoveco, en cualquier rincón oculto, con el número de la Guardia Civil en el teléfono y el dedo en el botón de llamar.

Y mientras, sigues leyendo mails que llegan y que no debes contestar por recomendación de tu abogado porque si contestas puedes mandar a la mierda todo el trámite.

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