Anonima Geek

Anónima, Geek y, para colmo, emprendedora… tengo todas las papeletas para salir mal parada.

Un As al corazón: fusión desconcertante.

Hay muchas cosas en este mundo que no comprendo… la verdad, aunque cuando tienes mi experiencia, empiezas a plantearte otras formas de entenderlo.

Tenía que escribir esta historia, principalmente, porque parte de mi terapia personal consiste en escribir las cosas para no tener que darles vueltas… y, bueno, después de tanto salto y de tanto soñar… se merece unas líneas completas. Al fin y al cabo, es un episodio cerrado (creo).

¿Recordáis a Efraín? El extraño amante silencioso… 

Me mataba su silencio. Mucho. Siempre supe que tarde o temprano aquella especie de extraña relación se acabaría. Estaba así construida, era algo temporal y ambos lo sabíamos porque ése era nuestro acuerdo. Lo habíamos decidido así. Pero no imaginaba que de pronto un día, sin más, me quedaría hablando sola… sin respuesta. Eso no se hace. Menos aún cuando las cosas están claras y cuando las personas con las que tratas son personas que ya están cansadas de los problemas y de las complicaciones.

De todos modos, a pesar del dolor, tenía asumido que no volveríamos a tratarnos. La putada no era la de no verle o no saber nada de él. La putada era que mi subconsciente traidor, adicto por completo a su perfume y a su forma de moverse, me transportaba entre sueños a sus brazos una y otra vez. No sólo no lo he olvidado, sino que no se borra de mi mente, de mis recuerdos, de mis sueños… hasta producirme insomnio.

Una noche, por casualidad, se me ocurrió salir por donde siempre. De vez en cuando me gustaba ir al bar de siempre. No por vernos, sino por el hecho de que me trae recuerdos y ver de cuando en cuando a los amigos, aunque sean amigos antiguos, siempre es interesante y reconfortante. A mí me ayuda a afincar mis recuerdos y a discernir qué cosas fueron reales y cuáles no.

Entré por la puerta del bar, crucé la sala atestada de gente, me acodé en mi rincón favorito, pedí dos cañas y oí a mi derecha:

Hola.

¡Hola!

Saludé sin mirar. Al girar para mirar, me lo encontré de frente. Efraín. Tal cual. Pegado a mi derecha, mirándome con su cara de Sherlock Holmes y una sonrisa interrogante. Me quedé blanca. Muda. Se me paró el corazón y se me cerraron todas las vías respiratorias durante unos segundos. Y lo peor de todo es que no entendí mi reacción.

Eso está mejor.

Fue todo lo que se me ocurrió.

¿Sí?

Sí.

Acto seguido me bebí la cerveza del tirón y pedí otra caña y un chupito de vodka. Me lo bebí todo del tirón y la bebida cayó en mi estómago como si fuera plomo. Él no volvió a mirarme, ni a hablarme, pero al menos reconocía mi presencia y eso ya era algo desconcertante.

Lo peor de todo es el hecho de que su mera presencia me inquieta. Tiene una energía especial, un aura propia. Y es muy fuerte y se filtra a través de mis débiles barreras protectoras hasta inundarme. Me anula. Y me vuelve vulnerable. Y me encanta.

A la barra estaban los de siempre… los frikis con los que antes jugaba a rol. Todos menos Marco, que aparentemente ha desaparecido del mapa (no le he vuelto a ver, pero tampoco he preguntado). Andaban hablando de Warhammer. Juegan, compran, montan y pintan. Así que me metí en la conversación (yo también pinto figuritas, por un módico precio). Pero él era la única persona que no me respondía.

Se mantenía ausente y evitaba mirarme. Y cuando me miraba, me ponía roja como una amapola y miraba para otro lado, no podía evitarlo. Me sentía como una estúpida intentando aparentar normalidad mientras ordenaba lo que sentía, pensaba y había sucedido en busca de una solución. Era mi oportunidad. Él nunca me contestaría por teléfono ni por ningún medio de mensajería instantánea. Nunca tendríamos una conversación privada delante de sus amigos y jamás accedería a tenerla si le pedía que hablásemos fuera del bar… él es así.

Y ahí estaba yo, con la maquinaria echando humo intentando encontrar una solución exprés al problema antes de que se me escapara la oportunidad, decidiendo si debía o no intentarlo y cómo, en caso de hacerlo. Cuando de pronto se levantó y se dirigió al baño. Y lo vi claro. Era ahora o nunca. Siempre he sido muy discreta para estas cosas, es una especie de talento absurdo que me ha ensañado mi vida casquivana.

Fui al baño, me deslicé al interior sin hacer ruido y me apoyé contra la puerta de salida a esperar. Desde ahí sólo podía ver su espalda, sus hombros, poco más. Así que, con la mirada clavada sobre esos hombros fuertes que tantas veces me habían abrazado, contenía el aliento y mantenía mi mente en blanco. A la espera. Cuando terminó y fue a lavarse las manos, al verme en el reflejo del cristal dio un respingo tremendo… nunca he visto a nadie saltar de esa manera. Se dio la vuelta rápidamente y se quedó mirándome de la misma manera que lo hace siempre que algo se le escapa: de forma analítica. Durante un instante, nos medimos el uno al otro; yo intentando averiguar por dónde y cómo empezar, él intentando saber si la situación era peligrosa o no. Al fin, hablé y puse la voz más suave y racional de que fui capaz:

Sabías que tarde o temprano tendrías que responder a mi pregunta.

Intenté hablarle despacio, con calma, para no asustarle, para evitar el conflicto. Sólo necesitaba una respuesta. Quería acercarme, pero me lo impedí, me pegué a la puerta y mantuve la mirada algo baja, aunque no podía evitar mirarle de reojo… puedo ser sumisa, y mostrarme como tal, pero necesitaba controlar la situación.

Lo sé.

Eso me sorprendió. No lo entendía, pero lo recogí y lo registré para analizarlo más tarde.

¿Por qué?

No me apetecía quedar.

Se puso nervioso. También lo registré.

¿Y?

Tú no me has hecho nada.

Lo sé. Pero no tienes que ser así. Tú no eres tan frío.

¿Qué no soy tan frío?

Se alteró. Y entonces llegué a una conclusión. Él quería ser tan frío… le gusta mantenerse como un misterio, le gusta ser así, porque se protege de los posibles daños y evita las responsabilidades que no desea.

No lo eres. No como para ser cruel. Y lo sabes.

Me había enfadado. Pero me mantenía serena, intentaba razonar, debía conseguirlo.

No tenías que dejar de hablarme.

No me apetecía quedar… eso es todo.

Insistió él, algo menos decidido. Estaba cediendo.

No hace falta quedar para hablar…

Le dije yo. Y entonces él me miró y vi en su expresión el arrepentimiento, se daba cuenta de lo que intentaba decirle.

Eso es cierto.

Entiendo que no te apetezca quedar. Pero te dije que no quería que dejáramos de hablar. ¿Amigos?

Le tendí la mano y le miré directamente… tenía esperanza y una sonrisa cálida para regalarle. Él sonrió con alivio y me estrechó la mano.

Amigos.

Vale. Y si te escribo, me contestas… también podemos quedar para tomar SOLO un café o SOLO para cenar o SOLO para ver una película… o no quedar. Podemos seguir hablando. Pero ten confianza para decirme las cosas.

Ya no lo pude evitar. Le dije esas cosas lo más firme que pude, controlando el tono de voz para que supiera que le estaba aleccionando, pero sin que sonara como una histérica.

¡Vale!

Dijo él divertido. Entonces le miré y su expresión había vuelto a ser la de siempre. Así que me tiré a su cuello y le di un par de besos en la mejilla. Le oí reír… y le dejé marchar.

Cuando salí del baño, la conversación estaba animada y me metí de lleno a participar y lo pasamos bien. La tensión había desaparecido por completo y se notaba. Cuando se marchó, se despidió de sus amigos con un “hasta otra” y al pasar a mi lado me regaló un beso en la mejilla. Y me gustó.

Al día siguiente comprobé que la relación había regresado a la normalidad, aunque sin sexo ni contacto físico (de momento). Le escribí y contestó. Y desde entonces, cuando le escribo, me contesta. Y eso me gusta.

Es una sensación rara… pero en el fondo me gusta pensar que hay una persona en el mundo con la que comparto esa conexión. Me gusta saber que está ahí, de una manera o de otra, que existe. Y, a veces, me transmite sensaciones… porque compartimos escenarios y cosas de nuestras vidas y cuando paso por un lugar por el que sé que él ha pasado puedo percibir parte de su presencia. La conexión es extraña, pero saber que está ahí es reconfortante.

conected

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