Anonima Geek

Anónima, Geek y, para colmo, emprendedora… tengo todas las papeletas para salir mal parada.

Locura de posesión y… ¡oh! ¡mi héroe!

Anoche pasé miedo. Pero pasé miedo como no lo he pasado en muchísimos años. Sé que J leerá esto tarde o temprano y sé que va a leerlo después de hablar con la persona de esta historia. Sólo tengo que decirte algo: me da igual lo que te cuente, después de lo de ayer, nunca más cambiaré de opinión.

psicosis

Una vez me juré a mí misma que no volvería a pasar por esta situación. Aquí el precedente. Hace unos años estuve con un chico. La historia era la típica de chica de 18 desesperada por salir de casa, chico de 24 inseguro de sí mismo. Al final, la chica cambió una jaula por otra, se hipotecó, se prometió en matrimonio y no pudo volver a salir a la calle porque el chico quería guardarla para él solo.

Evidentemente, salió mal. Muy mal. Terminamos con una discusión muy fuerte y me marché de allí. No pude recuperar mis cosas nunca y tampoco tenía a dónde ir. Así que pasé una temporada en la calle hasta que un amigo me recogió y empezó a cambiar mi vida.

Anoche iba a salir con Efraín. Me apetecia mucho salir con él porque me parece que es una persona muy tierna y pausada. Me parece que podría ser un gran conversador y tenemos algunas cosas en común. A parte del sexo. Y como escribí ayer, a última hora no pudo ser porque le surgió otra cosa.

Marco. No quise contarle con quién iba a salir porque es un paranoico de los celos. Todos mis amigos me decían lo mismo en el momento en el que apareció en mi vida: no es buena persona, no te fíes, sólo quiere acostarse contigo y tenerte para él solo. Yo no les creía. A él le recordaba una y otra vez que no quiero tener una pareja (principalmente, porque ya tengo una). Pero le molestaba.

Con el paso del tiempo ha construido su propia realidad alternativa. Borró de mi vida todo lo que no le gustaba y actuaba como si yo no tuviera un trabajo o una familia o siquiera otros amigos. Se volvió cada vez más atosigante. Quería hablar más tiempo, me escribía mensajes a las dos de la madrugada… y me agobió.

Evidentemente, después de la última bronca que me echó a costa del lío de Efraín y demás me dejó muy hecha polvo. Se lo dije, se lo expliqué y le dio igual. La única cosa que le importaba al respecto era que volviera a acostarme con él. Insistía e insistía y se empeñaba en rondar a mi alrededor a ver cuándo me apetecía echar un polvo. Qué pesadilla.

Todo eso fue el motivo por el que no quise decirle a dónde iba. Pero no lo entendió. Se enfadó conmigo porque no quería decirle con quién y a dónde quería ir. Pero es que me sentó como una patada en el estómago que encima me exigiera tantísima información, como si tuviera que pedirle permiso para moverme por su ciudad. No me gustó nada.

Pasamos una hora y media discutiendo por teléfono. Pero no había manera. Le dijera lo que le dijera lo transformaba y lo convertía en un arma contra mí. Finalmente, colgué y quedamos en que nos veríamos el sábado para hablar de estas cosas. Y ahí fue cuando llegó el aviso de Efraín de que no íbamos a quedar.

Visto el panorama, no me apetecía nada quedarme en casa rumiando problemas. Así que llamé a Daniel y Ariadna. Estaban en el bar del Máster, así que aunque no era lo que yo quería, fui hasta allí. En estos casos, la experiencia me ha enseñado que cualquier cosa es mejor que quedarme en casa a darle vueltas a la cabeza.

Y  allí estaba yo. Cenamos kebab de Apú los cuatro juntos: Daniel, Ariadna, Máster y yo. Bebíamos cerveza, hablábamos de música… y de pronto saltó el wassap. Marco quería saber si estaba en el bar porque, según él, si estaba allí yo era una mentirosa.

En aquel momento, pasaron por mi cerebro todos y cada uno de los tíos con los que he salido. Todos. A, el que me violaba por amor y me obligaba a cambiarme de ropa cada vez que salía con algo que me sentaba bien; P, el que me mantenía en secreto porque salía con una chica rica y no me dejaba ni hablar con otros; D, el que me encerró en su casa para que nadie se me acercara; C, el que deseaba que le necesitara a toda costa porque no podía tolerar que su mujer fuera independiente… Y así sucesivamente.

Todas aquellas historias se me juntaron en un sólo comentario de wassap. Y entonces llegó la pregunta a mi cabeza: ¿por qué tengo que darle explicaciones a un amigo si no se las doy a mi novio? ¿Por qué se enfada conmigo? ¿Por qué no puedo salir de casa sin decir a dónde voy? ¿Por qué se ofende? Y lo vi claro: no es amor, es posesión. Marco no me quiere a mí, como persona, me quiere como objeto de deseo, como una propiedad privada a la que aspirar. La idea me produjo ansiedad.

Y mientras yo empezaba a vislumbrar todas esas cosas en mi cabeza, por mi wassap seguían llegando mensajes que no hacían más que confirmar mi hipótesis. No me sentía capaz de escribir una respuesta. Así que salí a la puerta del bar, llamé por teléfono y le grité:

“¿Eres gilipollas?”

“¿Por?”

“¿Desde cuándo tengo que darte el parte de mis actividades? ¿Es que no puedo improvisar cuando se me tuercen las cosas?”

Estuvo gritándome un montón de chorradas que me negué a escuchar y entonces me salió del alma:

Marco, no voy a darte explicaciones. Tenía un plan, se ha cancelado, he salido. No tengo por qué pedirte permiso para salir con mis amigos

Y colgué. Grité tan fuerte y tan claro su nombre que todos dentro del bar sabían lo que estaba pasando. Y todos dentro del bar sabían que le gritaba a él. No quise hablar de eso, pero Ariadna me tiró de la lengua y le conté la bronca tan tremenda que había tenido. El Máster no dijo ni media, ni a mí ni a nadie, pero estuvo escuchando todo el tiempo cómo Ariadna ponía a parir a Marco y decía, sin yo habérselo pedido, todo lo que yo pensaba de él. Y Daniel también. Así que no me hizo falta ni contar mi opinión personal.

Entonces ocurrió. En medio del caos, apareció primero Mordraunt, con el que me llevo bastante bien. Venía con un amigo. Nos presentó y al cabo de un rato me acordé de que él sí fuma. Le dije que si no le importaba darme un cigarro, que él sabe que normalmente no fumo, pero que ayer lo necesitaba. Me lo dio. Es un buen chaval. Así que salí, fumé y volví más relajada.

Me miró a la cara y me preguntó que qué me había pasado. Ariadna y Daniel marcharon y le dije que no quería hablar de eso, que había tenido un muy mal día y que sólo quería relajarme, dejar de pensar y pasarlo como fuera. Su amigo se sorprendió, decía que no aparentaba estar mal. Pero debe de ser que después de todos estos años y putadas me he endurecido y me he vuelto más resistente.

Estaba allí, hablando del trastorno que las redes sociales han supuesto a la sociedad contemporánea, del daño que ha hecho el término “instantánea” agregado a la palabra “mensajería“… riendo, bromeando.  De alguna manera, hablando de las cosas que pasaban entre los obsesos de las redes sociales, Mordraunt comprendió que todas mis historias tenían relación con Marco. No quise dar a entender nada, pero necesitaba desahogarme.

Ya pensaba yo irme a la cama cuando, de pronto, sin comerlo ni beberlo, apareció por la puerta del bar ni más ni menos que Efraín “el afortunado. Su primera reacción fue sorpresa. Se le pasó cuando le dediqué mi sonrisa más amplia. En el fondo, me alegraba mucho de verle. Intentó explicarme que no había quedado conmigo porque le habían llamado unos amigos realmente importantes y darme algunas excusas. Le dije que no era necesario.

La verdad, no era necesario. No necesito que me explique nada, no necesito que quiera quedar conmigo. No necesito nada de él. También se dio cuenta de que algo me pasaba, así que se lo conté cuando salimos a fumar los dos solos. Le conté todo… a grandes rasgos. Me escuchó sin decir nada. Lo más interesante es que ni siquiera opinó. Sólo me acarició un poco la mejilla me sonrió y me dijo: bueno, todo irá bien.

Le conté que Marco tenía llaves de mi casa y que por lo que me contaba por wassap me daba miedo ir a pasar allí la noche. Él dijo que tenía que madrugar y que no podía quedarse conmigo. Y al final… no sé. Le dije que era una pena, porque tiene la cama más cómoda del mundo.

Me rescató. De alguna manera informal y sin compromiso, anoche Efraín se convirtió en mi héroe y yo en “la afortunada. Es raro. Es un chico reservado, hermético en muchos sentidos. No habla de sí mismo y no cuenta muchas anécdotas. Pero tampoco pide explicaciones. No me preguntó nada de nada y me dejó contarle cualquier cosa que me apeteció. Sin embargo, no sentí la necesidad de contarle nada.

¿Qué quieres?“, me preguntó.

Nada. No quiero nada. No quiero una pareja, no quiero una historia.“, él sonrió, “Podemos llevarnos bien, quedar, pasarlo bien cuando nos apetezca. Sin compromiso, sin explicaciones, sin agobios y sin paranoias por wassap“.

“Ed y Kath luego de una magnífica noche”. Derechos de autor de Patricia, 2007.

Asintió, sonrió y me cubrió de besos, caricias y mimos. Es curioso, es el hombre menos frío con el que me he acostado en toda mi vida. Es muy atento y muy cariñoso y sus caricias no me irritan la piel. Incluso encontró mi secreto, el punto clave de mi cuerpo que hace que todo reaccione, algo que ningún hombre antes había encontrado. No me pidió nada, no me exigió nada, no me insinuó nada. Sólo disfrutamos del momento. Y al final, me susurró al oído: “descansa” y me quedé dormida entre sus brazos. Los brazos de un amigo.

Esta mañana no he ido al trabajo porque me ha brotado una alergia monumental. Efraín me dejó en mi piso porque tenía que irse. Cuando entré me encontré una sorpresa. Marco había entrado en mi casa en mi ausencia usando el juego de llaves que le dejé por si se me olvidaban las mías. Mis sospechas fueron confirmadas. Si hubiera pasado la noche en mi casa y él hubiera entrado sin permiso me habría dado un infarto.

Puede que no sea una reacción muy lógica. Pero lo primero que sentí cuando comprobé que efectivamente alguien había entrado en mi casa en mi ausencia fue pánico. Me he muerto de miedo. Eché el tranco de la puerta y he revisado el piso entero veinte veces para asegurarme de que todo está en su sitio. Todavía me dan escalofríos. Al menos me ha devuelto las llaves y estoy segura de que no le ha dado tiempo a hacer una copia.

En fin. Definitivamente, Marco ha muerto. El Máster estaba para escuchar parte de la historia y la opinión de Ariadna. Ella y Daniel me dieron la razón sin que yo la pidiera. Mordraunt y Efraín también se mostraron bastante comprensivos. Puede que yo me haya equivocado metiéndome en la cama de Marco y ahora en la de Efraín. Pero, sinceramente, ese no ha sido el problema. No se trata de con quién me acuesto, sino de cómo se comportan después esas personas y Marco no es precisamente un ejemplo a seguir.

Esta mañana Efraín me devolvió mis pendientes. No he dejado nada allí. Pero ahora siento que no es necesario. No me importa en absoluto que vuelva a suceder o que no. Lo único que me importa al respecto es que, sencillamente, me cae bien y cuando le veo no me siento incómoda y puedo tener una conversación normal. Con o sin sexo. No cambia su forma de actuar, no me trata como a un objeto y no me exige nada. Es una persona agradable, como tal. Si no volvemos a vernos por nuestra voluntad, nos veremos en la próxima partida de rol o volveremos a coincidir en el bar y seguirá siendo agradable.

La mujer perdida

La mujer perdida.

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